Carta/Opinión: Detectores en las puertas del colegio ¿y en los hogares?

El viernes 28 de marzo, un establecimiento educativo se convirtió en escenario de una tragedia que conmocionó al país: un estudiante de 18 años quitó la vida a una inspectora e hirió a cuatro personas más, incluyendo a otra inspectora y tres compañeros de curso. La inspectora falleció cumpliendo con aquella vocación de cuidado que define a quienes eligen trabajar en educación.

Como profesor de salud mental, no puedo evitar preguntarme: ¿realmente nos sorprende este desenlace? La respuesta, con el dolor que implica, es que no debería. En nuestra realidad chilena ya habían ocurrido hechos que anunciaban esta tragedia. Se ha normalizado la violencia escolar, las amenazas entre pares, el acceso a armas blancas por parte de adolescentes, y la desconexión emocional creciente de nuestros jóvenes. Cada riña grave, cada amenaza ignorada, cada estudiante que cae en la indiferencia era una señal de alerta que preferimos no escuchar.

La respuesta inmediata será, como siempre, la instalación de detectores de metales en las puertas de los colegios. Medida necesaria, sin duda, pero profundamente insuficiente. Los detectores en las puertas detectan armas, no desesperanza. No detectan el vacío afectivo, la ausencia de límites con amor, la falta de conversaciones profundas sobre el valor de la vida ajena.

Lo que verdaderamente necesitamos son detectores en los hogares. Sensores emocionales que alerten cuando un hijo se aísla progresivamente, cuando el diálogo familiar se reduce a monosílabos, cuando la violencia se consume en pantallas sin mediación paterna.

Necesitamos padres y cuidadores que detecten el sufrimiento silencioso, la rabia contenida, la desconexión de valores fundamentales como el respeto por la vida y la empatía por el otro. María Victoria entregó su vida protegiendo a sus estudiantes. Su sacrificio no puede quedar en la simple estadística de un hecho policial. Debemos honrarla reconociendo que la seguridad escolar comienza mucho antes de que un joven cruce el umbral del colegio. Comienza en la crianza, en el ejemplo cotidiano de los padres y cuidadores en la construcción de vínculos sanos, respetuosos que hagan innecesario llegar a las armas. Que este dolor nos obligue, finalmente, a mirar lo que no quisimos ver

Juan Videla Alfaro

Máster en Salud Mental, Facultad Enfermería

Universidad Andrés Bello.-