Por Rafael Ignacio Reyes Fuenzalida
Durante los últimos años, en medio de los cambios administrativos propios de nuestra democracia, se ha ido reflejando un fenómeno preocupante: el avance silencioso de la anticultura.
Esta crisis se manifiesta en el debilitamiento del debate social, en el aumento considerable de jóvenes que siguen influencers vacíos o páginas falsas, y en un malestar social que se arrastra entre clases, mientras parte de la clase política permanece desconectada de la realidad.
Se ha instalado incluso una idea peligrosa: que “con cultura no se come”. Pero es justamente lo contrario. Con cultura sí se puede transformar la realidad. La cultura no solo alimenta el alma, sino que orienta, educa y construye una sociedad más humana, más crítica y menos atrapada en el individualismo virtual promovido por algunos actores políticos.
La cultura es fundamental para cualquier gestión pública.
El deporte no existe sin cultura deportiva.
La educación pierde sentido sin cultura educativa.
Y la política se vacía cuando carece de cultura política, transformándose en simples panfletos sin impacto real en las nuevas generaciones.
Hoy vemos cómo se cuestiona la ciencia, cómo se debilita el tejido social en los territorios, y cómo se intenta reemplazar el pensamiento crítico por tendencias pasajeras. Frente a esto, el arte, la música y la literatura se levantan como herramientas poderosas: son la verdadera espada de los jóvenes de población, de barrio, de territorio.
La transformación social no solo es necesaria, es urgente.
La anticultura, la política del miedo y la superficialidad del “TikTok de turno” no tienen sentido cuando entendemos que el verdadero avance social nace desde la identidad, desde la expresión, desde la cultura viva de nuestras comunidades.
La guitarra, el libro y la danza no son adornos: son caminos.
Desde el primer día que asumí mi rol político, he intentado aportar en este ámbito: con rutas culturales, ferias y presentaciones en escuelas, no solo en mi comuna, sino también en distintos rincones del país. Porque no se trata de aparentar pureza, sino de asumir responsabilidad.
Hoy el desafío es claro:
La falta de espacios deportivos, culturales y sociales exige inversión, pero también conciencia.
Debemos preguntarnos:
¿Qué rol tengo yo en esta crisis cultural?
¿Cómo puedo aportar realmente al cambio que tanto se proclama en redes y discursos?
La respuesta no está en el ruido,
sino en la acción.