Columna del escritor Rafael Ignacio Reyes Fuenzalida
El fútbol de barrio fue —y debe seguir siendo— la cuna natural del talento.
Es la casa del pueblo, donde se encuentran el empresario y el obrero, el campesino y el pescador; donde no existen apellidos ilustres ni cuentas corrientes abultadas, sino camisetas sudadas y abrazos sinceros.
Pero también ha sido, tristemente, un espejo de los males de nuestra sociedad.
Hoy el fútbol, tanto profesional como amateur, evidencia una crisis estructural. El creciente individualismo, la escasa seguridad y, lo más grave, la pérdida de cultura deportiva han ido debilitando aquello que alguna vez fue un espacio de encuentro y fraternidad.
Los hechos que enlutan a Estrella Roja de Valparaíso y a la familia del hincha asesinado en una jornada de clásico nos obligan a detenernos y reflexionar. No podemos normalizar la violencia. No podemos seguir mirando hacia el costado.
Debemos apoyar psicológicamente las formaciones deportivas, fortalecer la educación valórica en los clubes y trabajar seriamente en seguridad. El fútbol amateur está compuesto, en su gran mayoría, por hombres y mujeres que trabajan día a día para sustentar a sus familias. No son profesionales blindados por contratos millonarios; son vecinos que entrenan después de su jornada laboral y juegan por amor a la camiseta.
En el ámbito profesional, la situación es aún más compleja. Existen organismos que deben asumir responsabilidades, especialmente en el marco de la Ley de Sociedades Anónimas Deportivas. El negocio no puede estar por sobre la vida ni por sobre la dignidad de las personas.
Pero el fútbol amateur es distinto. Es, quizá, el último gran sostén de la organización civil a gran escala. Un 98% de quienes asisten lo hacen para disfrutar del buen fútbol, compartir con la familia, con los amigos, con los adultos mayores que aún brindan por la vecindad y la memoria del barrio.
La delincuencia ha penetrado nuestra sociedad, y con ello también ha golpeado nuestro amado fútbol de barrio. Sin embargo, el trabajo para recuperarlo es largo y requiere responsabilidad compartida. No basta con exigir a las autoridades; cada ciudadano debe hacerse responsable de su conducta dentro y fuera del recinto deportivo.
Cada institución debe cumplir su rol.
Cada persona debe asumir su deber.
Solo así podremos, poco a poco, volver a disfrutar del fútbol del pueblo: ese donde los niños corren libres, donde las familias aplauden sin miedo y donde el gol vuelve a ser una fiesta, no una tragedia.
Porque el fútbol de barrio no es solo un deporte.
Es identidad, comunidad y esperanza.-