Cada 18 de junio se conmemora el Día del Orgullo Autista, una fecha que invita a reflexionar sobre la manera en que la sociedad comprende el autismo. Más allá de los diagnósticos, esta jornada nos recuerda la importancia de reconocer que existen diversas formas de percibir, aprender, comunicarse, relacionarse y participar en el mundo.
Hablar de orgullo autista no significa desconocer los desafíos que muchas personas enfrentan ni los apoyos que pueden requerir a lo largo de su vida. Significa avanzar hacia una mirada basada en la neurodiversidad, donde la diferencia no sea entendida como un problema que debe corregirse, sino como una expresión legítima de la diversidad humana.
Desde la kinesiología, se observa que el movimiento, el juego, la actividad física y la recreación pueden transformarse en herramientas fundamentales para promover bienestar, autonomía y calidad de vida. Pero para que ello ocurra, es necesario que los entornos sean realmente inclusivos. Muchas veces las barreras no están en la persona autista, sino en espacios con exceso de estímulos, reglas poco claras, escasa flexibilidad o falta de comprensión sobre las distintas formas de participación.
La inclusión no se alcanza únicamente abriendo la puerta. Requiere adaptar ambientes, ofrecer apoyos pertinentes, respetar los tiempos de cada persona y entender que no existe una única manera de aprender, jugar, comunicarse o moverse.
También es fundamental tomar en serio la consigna “Nada sobre nosotros sin nosotros”, vinculada al Movimiento de Vida Independiente, al Foro de Vida Independiente y a las luchas por los derechos de las personas con discapacidad. En el contexto del autismo, este lema nos recuerda que no podemos diseñar programas, intervenciones o espacios recreativos sin escuchar a las propias personas autistas y considerar sus experiencias, necesidades y perspectivas.
Muchos movimientos o expresiones corporales que tradicionalmente se han intentado corregir pueden cumplir funciones importantes de autorregulación, bienestar o comunicación. Por eso, el desafío no es normalizar cuerpos ni formas de participación, sino comprender qué apoyos requiere cada persona para sentirse segura, participar y desarrollarse sin dejar de ser quien es.
El verdadero desafío es construir una sociedad donde nadie tenga que ocultar quién es para participar. Valorar el orgullo autista implica reconocer capacidades, respetar identidades y garantizar apoyos que promuevan la participación plena. La inclusión comienza cuando transformamos los entornos para que cada persona pueda estar, moverse y desarrollarse sin dejar de ser quien es.
Daniela Palacios Hermosilla
Académica de la Escuela de Kinesiología
Universidad Andrés Bello