| Christian Ricardo Letelier Gutiérrez Era Viterbo Ramírez, un hombre de carácter complicado, burlesco, de risa fácil y estruendosa, dado a las bromas pesadas y que gustaba de tomar unas copas de aguardiente en forma regular. Vivía Viterbo en el tranquilo, pueblo de Santa Bárbara, donde sus pocos amigos y conocidos lo apodaban “el diablu”, dada su afición a jugar estás bromas pesadas a los lugareños. Estás “diabluras” como el las llamaba, además de justificar su apodo, no lo hacían precisamente el más querido por la gente, que vivía con el temor de ser blanco de ellas. Santa Bárbara era un pueblo pequeño, habitado por más mujeres que hombres y cercano a los faldeos de un cerro. En este precisamente tenía Viterbo su escondite secreto, donde se deleitaba con sus copas de aguardiente, acompañándolas con tiras de charqui y tortilla de rescoldo. Una tarde particularmente calurosa, producto del consumo de estas copas, se le subió a la cabeza, no sólo el vapor etílico, sino que la idea malévola de gastarle una broma a alguno de los pueblerinos. El diablu se devanaba los sesos, pensando en cuál sería la forma más adecuada de realizar esta broma, sin saber que mas tarde y producto de ella, le saldría el tiro por la culata y recibiría un poco de su propia medicina. Al cabo de unos instantes, se le ocurrió la idea de disfrazarse de diablo y asustar a algún caminante que pasara cerca de su escondite. Para ello, acudió a su casa, donde se premunió de un largo poncho negro, semejante una capa, unas botas de cuero también largas y negras y de unos cachos de vaca, que tenía sobre un estante como adorno, los cuales amarró con una pequeña coyunda de cuero y se encasquetó a modo de sombrero. Premunido de estos implementos, se dirigió a su escondite secreto, donde procedió a caracterizarse como el personaje de los infiernos, que su febril imaginación había maquinado. Vestido con estos ropajes, salió de su escondite cuando ya oscurecía. Se acercó al borde del camino, ocultándose detrás de unos frondosos árboles, esperando a la desprevenida víctima que sería objeto de su cruel broma, riendo para sus adentros del susto que le causaría. Cuál no sería su sorpresa cuando tras el recodo del camino que conducía al pueblo, ve aparecer a la mujer más hermosa que hubiese visto en su vida. Era ella una joven muy alta, de preciosos e intensos ojos verdes, labios rojos y sensuales, con una larga cabellera, negra y sedosa. Tan esbelta era y con tal encanto al caminar, que Viterbo olvidó su afán bromista y se sintió instantáneamente flechado. Se quitó los cachos de vaca de la cabeza, para no causar espanto y saliendo al paso de la bella mujer la saluda preguntando, qué hace por estos “lares” señorita, anda perdida?? La joven siguió caminando indiferente, pasando frente a Viterbo sin responder. En seguida este comenzó a caminar junto a ella, sintiendo el dulce perfume de violetas que la envolvía, acrecentada a cada instante su admiración. Usted ha de ser nueva por estos lados, no la había visto antes, comentó el diablu, tratando de entablar conversación. Entonces la joven se detuvo mirándolo fijamente. Viterbo sintiendo que ya había logrado impresionarla y derretir el hielo de su indiferencia previa, se atrevió a preguntar, cuál es su “gracia” señorita?? La joven con una voz dulce y melodiosa contestó, mi nombre es Rose Marie. Y qué anda haciendo solita por estos andurriales una niña tan joven y hermosa como usted?? Vengo a ver a un amigo muy travieso que gusta de hacerse pasar por mí, contestó Rose Marie. El diablu, intrigado por esta respuesta comenta, pero cómo un hombre podría hacerse pasar por una mujer tan bella como usted?? Entonces la dama alzando los brazos enérgicamente, da una estruendosa palmada y en un santiamén, se transforma en quien verdaderamente era, el real y mismísimo diablo, que con voz ronca y potente increpa al impostor diciéndole, has querido asustar a la gente haciéndote pasar por mí y eso es algo que no te voy a tolerar, ahora me las vas a pagar con tu alma. No espero Viterbo a que el castigo se concretara y poniendo pies en polvorosa, huyó despavorido hacia el pueblo, para escapar del maligno, sintiendo tras de sí su risa atronadora y burlesca. Corrió y corrió hasta quedar sin aliento y al llegar a su casa, cerró la puerta con una gruesa tranca y poniéndose de rodillas comenzó a rezar, prometiendo que nunca más haría una travesura de mal gusto en lo que le quedara de vida. Desde entonces, todos en Santa Bárbara, notaron un cambio en la personalidad de Viterbo, que se convirtió en un hombre tranquilo, respetuoso y amable; siempre dispuesto a ayudar a la comunidad. Aunque le costó el susto de su vida aprendió la lección de que no se debe hacer el mal en ninguna forma posible, menos haciéndose pasar por otro y que aquel que va por lana, suele resultar trasquilado .- |
Christian Letelier
Basado en una historia del
Colectivo Hogar Santa Bárbara