Las intensas lluvias que han afectado a la zona centro-sur del país mantienen a miles de personas damnificadas, aisladas y con interrupciones en el suministro de agua potable y electricidad. Experta advierte que los riesgos para la salud continúan incluso cuando las aguas comienzan a bajar.
Las inundaciones que afectan a distintas regiones de Chile no solo han dejado viviendas dañadas, familias damnificadas y servicios básicos interrumpidos. Una vez que baja el nivel del agua comienza una etapa igualmente crítica, y es prevenir lesiones, infecciones y enfermedades derivadas del contacto con aguas contaminadas, humedad, barro y residuos. Frente a este escenario, especialistas recomiendan mantener medidas de autocuidado y reconocer oportunamente las señales que requieren atención médica.
Noelia Barrera, académica de la Facultad de Enfermería de la Universidad Andrés Bello, explica que “entre los principales signos de alarma se encuentran la dificultad para respirar, dolor u opresión en el pecho, fiebre alta acompañada de un deterioro del estado general, vómitos persistentes, diarrea intensa, especialmente si contiene sangre, signos de deshidratación, desmayos, convulsiones o alteraciones de conciencia. También requieren evaluación inmediata las heridas profundas, punciones con objetos contaminados, mordeduras o lesiones que presenten dolor creciente, enrojecimiento, secreción o fiebre”.
Otro riesgo frecuente explica la docente, que durante la recuperación de viviendas corresponde a la intoxicación por monóxido de carbono, asociada al uso de generadores, braseros o sistemas de calefacción en espacios cerrados. Dolor de cabeza, mareos, náuseas, debilidad o pérdida de conciencia pueden ser síntomas de intoxicación y obligan a salir inmediatamente al aire libre y solicitar atención de urgencia.
El riesgo sin agua
“Muchas personas creen que el peligro termina cuando baja el agua, pero es justamente en los días posteriores cuando pueden aparecer infecciones, enfermedades respiratorias, gastrointestinales o complicaciones derivadas de heridas contaminadas. Consultar de manera oportuna puede evitar cuadros graves, especialmente en niños, personas mayores, embarazadas y pacientes con enfermedades crónicas”, detalla Barrera.
La especialista agrega que la exposición a agua estancada, barro contaminado o ambientes con presencia de roedores también puede favorecer enfermedades como la leptospirosis o el hantavirus, por lo que la aparición de fiebre, dolores musculares intensos, enrojecimiento ocular, coloración amarillenta de la piel o disminución de la orina debe motivar una consulta inmediata, informando siempre al personal de salud sobre la exposición a la inundación.
Cuidados generales
También se recomienda consumir únicamente agua potable o autorizada por la autoridad sanitaria, desechar alimentos que hayan estado en contacto con el agua de la inundación, utilizar guantes, botas y protección ocular durante las labores de limpieza, evitar el contacto de heridas con barro o aguas servidas y mantener los medicamentos protegidos de la humedad.
“En personas con enfermedades respiratorias, el moho y la humedad pueden agravar cuadros de asma y otras patologías, por lo que se aconseja utilizar mascarilla y evitar la exposición prolongada durante la limpieza”, recomienda.
Además de los efectos físicos, las inundaciones pueden generar un importante impacto emocional. Ansiedad, insomnio, irritabilidad, temor constante, dificultades para concentrarse o recuerdos persistentes del evento son reacciones frecuentes tras una emergencia. “Cuando estos síntomas persisten, aumentan de intensidad o interfieren con la vida diaria, se recomienda buscar apoyo profesional, recordando que el cuidado de la salud mental también forma parte de la recuperación después de una catástrofe”, concluye Barrera.-